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Lenguaje felino

Si los perros son guardianes, cuida­dores y protectores de la casa, los ga­tos son casi todo lo contrario. Pere­zosos, rebeldes e independientes, los mininos parecieran no dudar de su condición de "animales míticos". Al­rededor de ellos giran innumerables leyendas y supersticiones. Muchos poetas, escritores, pintores y hasta fi­lósofos retrataron su figura ligada, además, con misteriosos hábitos nocturnos. Tal vez por eso la relación que mantienen con sus dueños está teñida de cierto misticismo. Sólo hay que recordar el respeto que le tenía el escritor Jorge Luis Borges a su blan­quísimo Bepo o citar a la "gata lecto­ra" de otro escritor, Osvaldo Soriano. En ellibrola inteligencia emocional de su mascota, de Claudia González, se relata la anécdota sobre la confianza que tenía Soriano en el gusto litera­rio de su mascota. La gata rechazaba o aceptaba sus escritos con sólo apo­yar o no sus patitas sobre los papeles.


Que ocurrió más tarde que la de los pe­rros, ovejas, pollos o patos, otras es­pecies que el hombre adoptó en la an­tigüedad como animales capaces de vivir con él en una misma propiedad. Peter Neville, investigador del Centro de Etología de Mascotas, de Inglate­rra, explica que los gatos tuvieron su primera relación armoniosa con el hombre del Antiguo Egipto; es decir en el 1500 a.C. De esos datos también se pudo inferir que el antecesor de nuestro gato actual es el gato salvaje africano (Felis sylvestrís lybica). La cos­tumbre de tenerlos como animal de compañía fue llevada por esos egip­cios a todo el mundo a través de las ru­tas comerciales de navegación. En la actualidad, los dueños de gatos no se cansan de elogiar uno de los se­llos distintivos de esa mascota: ser mi­moso. Claro que, a veces, el cariño ex­cesivo confunde a los mininos. Eso ocurre - según Peter Neville- porque, a diferencia del perro, el gato no está capacitado para responder de for­ma socialmente cooperativa a la ex­pectativa de afecto u otras recompen­sas ofrecidas por su dueño y, aunque se trate de un gato emocionalmente adulto, sólo puede cumplir el rol de compañero infantil y dependiente. A los consultorios de los veterinarios lle­gan muchas consultas sobre ese "de­sajuste" entre las expectativas de los dueños de gatos y la respuesta de los animalitos. Cuando la mascota no responde como sus dueños quieren se suele pensar en un problema a re­solver. No hay que alarmarse; sólo hay que entender que los gatos viven como si estuvieran de paso por nues­tras vidas. No son capaces de aceptar las órdenes de su dueño y que están destinados a compartir todo con él. Por naturaleza, son independientes y conservan intactos sus instintos sal­vajes; ahí reside -tal vez- una gran dosis de su encanto. Se sabe que en la actualidad, la amplia variedad de mininos suma 400 millones de ejemplares. Muchos viven como ani­males de compañía; otros siguen dis­frutando de la más amplia libertad en estado libre, tal como la hacía el pri­mer gato salvaje africano que pasó al­guna vez por el Antiguo Egipto. Sobre el modo que utilizan para comunicarse, mucho se ha escrito. En el libro El gato doméstico: biología de su conducta., de D. Turnery P. Bateson, se aclara que pueden utilizar señales olfativas, visuales y táctiles, además de sonidos característicos (ver recuadro). Una de las situaciones más repetidas es el rascar el suelo con sus patas tra­seras después de misionar. Sépalo: lo hace para dejar rastro a través de las glándulas que tienen en las almoha­dillas de sus patitas. Cuando lo vea tre­pándose a un árbol y frotar allí sus uñas con cierta desesperación, tam­poco se asuste: sólo está siguiendo su instinto pero también está cumplien­do con un rito necesario. Eso le sirve para eliminarlas fundas viejas de las garras y de paso, dejar otro rastro visual y olfativo. Claro que a veces deso­rientan porque pueden tener gestos extraños. Cuando lo vea con la boca entreabierta, como intentando "mor der" el aire, es porque hay otro gato cerca y está intentando llamar su aten­ción. Eso ocurre porque, casi por regla general, el gato no mira directamente para buscar que lo miren: es más sutil. Ahora, ¿qué pasa entre perros y gatos? El doctor Gerzovich lis es claro: no son enemigos naturales pero tampo­co amigos naturales. "Si un perro se cría con un gato desde cachorro, pue­den llegar a tener una buena relación. Si no, suele suceder que el perro con­sidere al gato como una presa más que como rival; y que el gato lo vea como un predador", comenta. Debe ser así. Por algo se acuñó la frase "se llevan como perro y gato"

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